Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —Son pequeños burgueses.
—¿VivÃas con ellos?
—SÃ.
—¿Qué edad tienes?
—Veinte años.
—¿Por qué los dejaste? —Cosas de la vida.
Esta contestación significaba: «Déjame tranquila; no tengo humor para nada». Los dos enmudecimos.
Sólo Dios sabe por qué no me iba. Tampoco yo tenÃa humor para nada. Estaba angustiado. Sin que yo hiciera el menor esfuerzo mental, por impulso propio, las imágenes del dÃa que acababa de transcurrir pasaban y volvÃan a pasar en desorden ante mi memoria. Recordé de improviso una escena que habÃa presenciado en la calle cuando me dirigÃa, absorto, al ministerio.
—Esta mañana sacaron un ataúd, y poco faltó para que se les cayera.
Dije esto en voz alta, pero sin darme cuenta. No pretendÃa en modo alguno reanudar la conversación.
—¿Un ataúd?
—SÃ, en la plaza del Heno. Lo sacaron de un sótano. —¿De un sótano?
—SÃ, de una habitación del subsuelo… Bueno, ya comprenderás: de una casa de mala nota… ¡Cuánta porquerÃa alrededor! Escombros, basuras… ¡Cómo apestaba aquello! ¡Era horrible!
Silencio.