Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —Francamente: me sentirÃa celoso. ¿Cómo podrÃa consentir que besara a un extraño, que quisiera a alguien que no fuese yo? No quiero ni pensarlo. Claro que esto es una tonterÃa. Al fin, uno accede; pero no me cabe duda de que, antes de casarla, tomarÃa informes de los pretendientes, a los que eliminarÃa uno tras otro, aunque acabarÃa por casarla con el que ella prefiriese. Pero resulta que el que quiere la muchacha es el que más desagrada al padre. SÃ, asà es. Y ocurren muchas desgracias en las familias por este motivo.
—A algunos no les importa vender a sus hijas, en vez de casarlas honorablemente —replicó Lisa en el acto.
«¡Ah! ¿Conque se trata de eso?»
—Eso, Lisa, sólo ocurre en las familias malditas, a las que no asisten ni Dios ni el amor —repuse con vehemencia—. Y donde no hay amor, falta también la razón. Esas familias existen, pero no me refiero a ellas. Lo que acabas de decir me demuestra que no has sido feliz en tu casa. SÃ, eres una desgraciada… ¡Generalmente es la pobreza la causa de todos los males!
—¿Acaso entre los señores no ocurre lo mismo? La gente honrada vive feliz incluso en la pobreza.