Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo «Quizá no comprenda —pensé—. Es ridÃculo que le dé lecciones de moral.»
—Si yo fuese padre y tuviese una hija, creo que la querrÃa más que a un hijo; y no sólo lo creo, sino que estoy seguro.
Procuraba distraerla. Confieso que estas atenciones me sonrojaban.
—Y, eso ¿por qué? —exclamó Lisa.
¡O sea que me estaba escuchando!
—No lo sé, Lisa. Mira, yo conocà a un padre. Era un hombre severo y duro; pero se arrodillaba ante su hija, le besaba los pies y las manos y no se cansaba de admirarla. Cuando ella estaba en el baile, él permanecÃa de pie durante cinco horas en el mismo sitio, sin perderla de vista. Estaba loco por ella. Y me parece muy natural. Por la noche, cuando ella dormÃa, él se despertaba e iba a besarla y a bendecirla durante su sueño. Era avaro para los demás y para él mismo, que iba de paseo vestido con un viejo y grasiento redingote; mas para ella no reparaba en gastos: le hacÃa magnÃficos regalos, y ¡qué alegrÃa la suya si a ella le gustaban! Los padres quieren a sus hijas más que las madres. Generalmente, las hijas son felices en la casa paterna. Por lo que a mà se refiere, si tuviese una hija, creo que no la casarÃa nunca.
—¡Vaya! ¿Por qué? —exclamó Lisa sonriendo levemente.