Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Pero esta idea pasó vertiginosamente por mi cerebro. Os aseguro que aquella mujer me interesaba de verdad. Además, estaba débil y predispuesto a entregarme a los sentimientos generosos, con los que la astucia se alÃa fácilmente.
—Te creo. Todo es posible —respondà precipitadamente—. Estoy seguro de que te han ofendido, de que son ellos más culpables ante ti que tú ante ellos. No sé nada de tu pasado, pero no me cabe duda de que una muchacha como tú no ha entrado en esta casa por su voluntad.
—¿Qué significa eso de «una muchacha como yo»? —murmuró Lisa con voz apenas perceptible pero que yo oÃ.
«¡Demonio! La estoy halagando. Esto es una cobardÃa. Pero tal vez dé buen resultado.»
Ella guardaba silencio.
—Oye, Lisa, te pondré como ejemplo lo que me ocurre a mÃ. Si yo hubiese tenido una familia cuando era niño, hoy no serÃa como soy. Pienso en ello con mucha frecuencia. Por mal que estés al lado de tu familia, de tu padre y tu madre no serán nunca para ti enemigos, extraños. Te demostrarán su cariño por lo menos una vez al año. Ocurra lo que ocurra, sabes que estás en tu casa. Yo no tenÃa familia, y seguramente por eso soy tan… insensible.
Volvà a esperar.