Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —¡SÃ! —se apresuró Lisa a afirmar secamente. La precipitación con que pronunció este «sû me asombró. De ello deduje que mi juicio le rondaba también a Lisa por la cabeza mientras me miraba fijamente de cuando en cuando. «Por lo tanto, es capaz de tener ideas. ¡Diablos!, esto se pone interesante. Posee cierta inteligencia», me decÃa, casi frotándome las manos. ¿Cómo, pues, no llegar hasta los confines de un alma tan joven?
Este juego me atraÃa cada vez más.
Avanzó la cabeza hacia mÃ. En la oscuridad me pareció que la apoyaba en sus manos. ¿Me estaba observando? SentÃa de veras no poder distinguir sus ojos. OÃa su profunda respiración.
—¿Por qué viniste aqu� —le pregunté con cierta rudeza.
—Las cosas…
—Sin embargo, ¡qué bien estabas en casa de tus padres!
¡Allà todo era tibio y cómodo! Aquello era tu nido.
—¿Y si allà se estuviera todavÃa peor que aquÃ?
«Hay que encontrar el tono justo —me dije—. Con sentimentalismos no conseguiré casi nada.»