Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —La mujer no puede seguir al hombre. Son completamente distintos. Yo me mancho, me ensucio cuando estoy aquÃ, pero no soy esclavo de nadie. Entro, pero luego salgo, y cuando estoy fuera, me sacudo, y ya soy otro completamente distinto. ¡En cambio, tú…, tú eres una esclava! SÃ, una esclava. Has renunciado a todo, incluso a tu voluntad. Más adelante querrás romper estas cadenas, pero te será imposible. Te ceñirán cada dÃa más estrechamente. Sà son estas malditas cadenas. Las conozco. No te diré nada más sobre este asunto. Seguramente no me comprenderÃas. Pero dime, sé franca: ¿Verdad que ya estás en deuda con tu patrona? ¿Ves como sÃ? —añadÃ, aunque ella no me habÃa respondido pues se limitaba a escucharme en silencio, con ávida atención—. Ahà tienes la primera cadena. Jamás podrás librarte de ella. Ya se las arreglarán para que no puedas. Es como si hubieses vendido tu alma al diablo… En fin, ¿qué sabes tú de todo esto? Tal vez soy tan desgraciado como tú y me hundo en el lodo para olvidar mi sufrimiento. Unos buscan el olvido en la bebida; yo o busco viniendo aquÃ. Dime: ¿está esto bien? Nos hemos acostado sin decimos ni una sola palabra. Sólo cuando has empezado a observarme con expresión salvaje te le mirado también yo. ¿Es asà como se ama? ¿Es asà como el hombre y la mujer deben unirse? Esto es sencillamente repulsivo.