Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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—Si tiene usted que darme alguna orden, la ejecutaré al punto —respondió Apolonio tras una pausa, ceceando, con voz dulce, lentamente e inclinando la cabeza con una calma horripilante.

—¡No es de eso; no se trata de órdenes, verdugo! —grité temblando de rabia—. ¡Te explicaré lo que quiero decir! Y es que vienes porque no te he pagado. No quieres pedirme el sueldo por orgullo, y, para castigarme, vienes y me miras estúpidamente… ¡Sí, para castigarme, para atormentarme! ¡Y no sabes, ni remotamente, lo estúpido que es eso, verdugo! ¡Sí, estúpido, estúpido, estúpido!

De nuevo se dispuso a salir de la habitación, silencioso como de costumbre, pero lo sujeté por la ropa.

—¡Escucha! —le grité—. ¡Mira el dinero! ¿Lo ves? —y lo saqué del cajón—. Siete rublos. Están aquí, y bien contados. Pero no los tendrás; no te los daré hasta que me pidas perdón respetuosamente. ¿Has oído?

—Eso no puede ser —respondió Apolonio con un aplomo impresionante.

—¡Eso será! —exclamé—. ¡Palabra de honor que será! —No tengo por qué pedirle perdón —dijo Apolonio como si no oyese mis gritos—. En cambio usted me ha llamado «verdugo». Podría ir a quejarme al comisario de policía.


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