Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —¡Ya puedes ir! —vociferé—. ¡Anda, ve ahora mismo! ¡Eso no impedirá que seas un verdugo! ¡Un verdugo! ¡Un verdugo!
Apolonio se limitó a mirarme. Luego dio media vuelta y, sin prestar más atención a mis voces, sin volver la cabeza, salió de la habitación paso a paso.
«Si no hubiese sido por Lisa, no habrÃa ocurrido nada de esto», me dije. Y, tras un minuto de espera, solemnemente pero con fuertes palpitaciones en el corazón, me dirigà al rincón que ocupaba Apolonio.
—¡Apolonio! —dije con voz dulce pero ahogada—. Ve a ver al comisario de policÃa. ¡Corre, ve!
Él estaba ya instalado ante su mesa, se habÃa puesto las gafas y se disponÃa a coser algo. Al oÃr mi orden, estalló en una risotada.
—¡Ve, ve inmediatamente! ¡No tienes ni la menor idea de lo que puede ocurrir!
—Pero ¿se ha vuelto loco? —dijo Apolonio sin ni siquiera levantar la cabeza, ceceando como siempre y enhebrando su aguja—. ¿Dónde se ha visto que uno mismo vaya a denunciarse a la policÃa? Si lo hace para asustarme, sepa que es inútil: no conseguirá usted nada.
—¡Ve! —grité con voz aguda asiéndole el hombro. Un instante más, y le habrÃa pegado.