Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Pero en aquel momento la puerta de la antecámara se abrió lentamente, sin ruido, y entró una persona, que se detuvo en el umbral y nos miró a los dos perpleja. Alcé lo ojos y me quedé estupefacto. Luego huí a mi habitación rojo de vergüenza. Me mesé los cabellos con las dos manos, apoyé la cabeza en la pared, y así permanecí, esperando.
Poco después oí los lentos pasos de Apolonio.
—Hay aquí fuera una persona que quiere hablar con usted —me dijo, mirándome con extrema severidad. Luego se apartó para dejar pasar a Lisa.
Apolonio no se marchaba y nos miraba a los dos con semblante irónico.
—¡Vete, vete! —le grité, perdiendo la cabeza.
En aquel momento, mi reloj hizo un esfuerzo, carraspeé y dio las cinco.
Y entra en mi casa libre y resueltamente,
como dueña.