Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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Permanecí ante ella desorientado, abrumado, profundamente confuso, y, sonriendo —por lo menos así me parece—, me eché encima mi desgarrado y sucio batín acolchado. Era exactamente la escena que me había imaginado hacía poco. Transcurridos unos dos minutos, Apolonio se había marchado, pero mi confusión continuaba. Lo peor fue que, al verme en aquel estado, también Lisa perdió de pronto la serenidad, lo que me causó gran asombro.

—Siéntate —le dije maquinalmente, y le acerqué una silla a la mesa. Yo me senté en el diván.

Lisa, obediente, ocupó al punto la silla, y me miró a los ojos, como si esperase que le dijera algo extraordinario. Esta cándida espera me enfureció, pero conseguí dominarme.

Precisamente lo que había de hacer era no fijarse en nada, dar la impresión de que no observaba nada extraordinario. Pero Lisa… Presentí oscuramente que me pagaría caro tout cela.

—Me encuentras en una situación extraña, Lisa —empecé a decir, balbuceando y dándome perfecta cuenta de que no era así como convenía empezar—. ¡No, no creas que te reprocho nada! —exclamé al ver que enrojecía repentinamente—. No me avergüenzo de mi pobreza… Al contrario: estoy orgulloso de ella. Soy pobre, pero honrado… Se puede ser pobre y honrado… —seguí farfullando—. Bueno, ¿quieres té?


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