Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo He estado a punto de faltar a la verdad, de decir que hice esto sin pensarlo, porque habÃa perdido completamente la cabeza. Pero no quiero mentir, y digo francamente que le abrà la mano y deposité en ella dinero… por pura maldad. Se me ocurrió obrar asà mientras recorrÃa febrilmente la habitación y ella estaba sentada en el suelo, detrás del biombo. Pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que esta crueldad cometida adrede no procedÃa de mi corazón sino de mi malvado cerebro. Era un acto tan evidentemente falso, tan afectado, tan livresque, que ni yo mismo pude soportarlo ni siquiera un instante y huà al otro extremo de la habitación. Luego, en el colmo de la desesperación y de la vergüenza, eché a correr en pos de Lisa… Abrà la puerta y agucé el oÃdo.
—¡Lisa! ¡Lisa! —la llamé, pero a media voz, temblorosamente.
No obtuve respuesta. Sin embargo, me pareció oÃr sus pasos en los últimos escalones. —¡Lisa! —grité más fuerte. Silencio. Y seguidamente oigo que se abre, rechinando, la puerta de cristales del edificio, que al punto vuelve a cerrarse pesadamente. El portazo resuena en toda la escalera.
Se habÃa marchado. Volvà a mi habitación, pensativo. Un peso terrible gravitaba sobre mi corazón.