Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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«¡Hum! —dicen ustedes—. Nuestros deseos son equivocados con gran frecuencia, porque nosotros nos equivocamos en la valoración de nuestros intereses. Aspiramos a cosas inconvenientes porque nuestra estupidez nos hace creer que pretendemos lo que nos conviene. Peor cuando nos lo hayan explicado todo, cuando todo se haya puesto en orden y fijado previamente (lo que es muy posible, pues es una tontería creer que ciertas leyes de la naturaleza van a ser siempre indescifrables), es evidente que ya no habrá sitio para los deseos. Si nuestra voluntad se enfrenta con nuestra razón, podremos razonar y no desear, ya que a un ser que razona le es imposible desear estupideces, ir conscientemente en contra de la razón, perjudicarse a sabiendas… y como todos los deseos y todos los razonamientos podrán calcularse con anticipación, ya que con toda seguridad se habrán descubierto las leyes de nuestro libre albedrío, será posible (no bromeo) confeccionar una especie de deseos y desear ateniéndonos a ella. Supongamos que me prueban un día que si he mostrado el puño a alguien es porque no podía obrar de otra manera, porque tenía que apretar el puño como lo he hecho. ¿De qué libertad dispongo entonces, sobre todo si soy un sabio diplomado? Por consiguiente, me será posible calcular mi existencia con treinta años de anticipación. En una palabra, si tal cosa sucede, tendremos que limitamos a comprender. Y habremos de repetimos sin descanso que en esos momentos la naturaleza no se preocupa en absoluto por nosotros y que, por lo tanto, hemos de aceptarla como es y no como la vemos cuando la adorna nuestra fantasía, y que hay que aceptar el alambique, pues, de lo contrario, el alambique seguirá funcionando sin nuestra aprobación.»


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