Nietochka Nezvanova

Nietochka Nezvanova

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Después de comer, empezó a alabarme particularmente. A cada instante, con distintos pretextos, me llamaba hacia la puerta de la escalera y miraba mucho alrededor, como si temiera ser cogido en falta; me acariciaba la cabeza, me besaba y me decía al mismo tiempo que yo era una niña buena y obediente que, sin duda, amaba a mi padre, y que con seguridad haría cuanto él me dijese. Todo aquello me causaba una angustia espantosa. Por fin, cuando por décima vez me llamó, quedó explicado todo. En una actitud dolorosa, mirando con inquietud a todas partes, me preguntó si yo sabía dónde había guardado mamá los veinticinco rublos que trajo la víspera por la mañana. Ante aquella pregunta, enloquecí de terror. En aquel momento se oyó ruido en la escalera, y mi padre, asustado, me abandonó y se fue.

No volvió hasta la noche, confuso, triste y preocupado. Se sentó silenciosamente en la silla y empezó a mirarme con una especie de júbilo. Yo estaba temerosa y me esforzaba en evitar sus miradas.

Por fin, mamá, que se había quedado todo el día en la cama, me llamó, me dio dinero, y me mandó que fuese a comprar té y azúcar. Tomábamos té muy de tarde en tarde; mamá no se permitía ese verdadero lujo, dada la escasez de nuestros medios, sino cuando se sentía enferma y febril.


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