Nietochka Nezvanova

Nietochka Nezvanova

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Cuentan que aquel hombre, que no abandonaba nunca sus tierras ni aun para ir a Moscú, decidió de pronto un día trasladarse por algunas semanas a una ciudad del extranjero con el único objeto de oír a un célebre violinista que, según decían los periódicos, iba a dar allí tres conciertos. Él poseía una orquesta bastante buena, a cuyo sostenimiento consagraba casi todas sus rentas. Mi padrastro ingresó en esta orquesta como clarinete. Tenía veintidós años cuando conoció a un hombre singular.

En el mismo distrito vivía cierto conde que en otro tiempo había poseído una gran fortuna, pero a quien arruinaba la manía de tener un teatro. Le ocurrió verse obligado a despedir, por su mala conducta, a su director de orquesta, de origen italiano. Este director de orquesta era, en efecto, un individuo lamentable. Apenas privado de su empleo, perdió en seguida todo salario; comenzó a frecuentar las tabernas de la ciudad y a beber; llegó hasta mendigar, y, en lo sucesivo, le fue imposible encontrar dónde colocarse dentro de la provincia. Mi padrastro trabó amistad con tal hombre. Aquella camaradería parecía tan inexplicable como inverosímil, pues nadie observaba en mi padrastro el menor cambio de conducta a consecuencia del ejemplo de su compañero, y el propietario, quien al principio le había prohibido tratarse con el italiano, terminó por cerrar los ojos en todo lo que se relacionara con su amistad.


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