Noches blancas

Noches blancas

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Me alargó la mano en silencio, aún temblaba de inquietud y de espanto. ¡Oh, señor no invitado, cuánto te bendije en ese momento! La miré fugazmente: era muy linda y morena —¡lo había adivinado!—. En las pestañas negras todavía le brillaban las lágrimas por el susto reciente o por la pena sufrida, no lo sabía. Pero en sus labios brotaba ya una sonrisa. Ella también me miró a escondidas, enrojeció ligeramente y bajó la vista.

—Ya ve, ¿por qué se asustó y se apartó antes de mí? Si yo hubiera estado con usted nada le habría pasado…

—Es que no lo conocía, pensaba que usted también…

—¿Y ahora sí me conoce?

—Un poco. Por ejemplo, ¿por qué está temblando?

—¡Oh, lo ha adivinado a la primera! —respondí yo encantado de que mi muchacha fuera inteligente: esto es algo que, si hay belleza, nunca molesta—. Así es, ha adivinado usted a la primera con quién ha ido a dar. En efecto, soy tímido con las mujeres, no voy a discutírselo, y no estoy menos nervioso que hace unos minutos, cuando ese hombre la asustó… Y ahora yo, de alguna manera, estoy asustado. Es como un sueño, aunque ni siquiera en sueños he conjeturado que alguna vez iba a hablar con una mujer.


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