Noches blancas
Noches blancas —¿Cómo? ¿De verdad?
—Asà es, si mi mano tiembla es porque nunca la habÃa abrazado una mano tan dulce y pequeña como la suya. Me he deshabituado de las mujeres, quiero decir que nunca me acostumbré a ellas, es que estoy solo… Ni siquiera sé cómo hablar con ellas. Bueno, ahora tampoco sé, ¿no le habré dicho alguna tonterÃa? Hable con franqueza, le aviso de que no suelo ofenderme…
—No, para nada, al contrario. Y si usted me está pidiendo que sea sincera, entonces le diré que a las mujeres les gusta esa timidez. Y, si quiere saber más, a mà también me gusta y ya no dejaré que se aparte de mà hasta que lleguemos a casa.
—Va a hacer que pierda mi timidez ya mismo —empecé yo ahogado por la emoción—, y entonces… ¡adiós a mis métodos!
—¿Métodos? ¿Qué métodos? ¿Para qué? Ahora sà que ha hecho el tonto.
—Lo reconozco, y no lo haré más, se me ha escapado sin querer, aunque cómo pretende que en un momento asà no exista el deseo de…
—¿De gustar, por ejemplo?