Noches blancas
Noches blancas Hay algo indeciblemente conmovedor en la naturaleza de nuestro Petersburgo cuando llega la primavera y, de pronto, muestra todo su poder, todas las fuerzas con las que le ha agraciado el cielo, se guarnece con vegetación, se emperejila, las flores se visten de tonalidades… De alguna manera me recuerda involuntariamente a esa muchacha marchita y delicada a la que a veces mira con pena, a veces con cierto amor compasivo, otras simplemente no repara en ella, pero que en un instante y como de improviso se vuelve indecible y maravillosamente bella, y usted, atónito, sin querer se pregunta: ¿Qué fuerza ha hecho brillar con tal luz esos ojos tristes, pensativos? ¿Qué hizo subir la sangre a esas mejillas pálidas, delgadas? ¿Qué bañó con pasión esos tiernos rasgos? ¿Por qué se hinchó ese pecho? ¿Qué despertó tan repentinamente la fuerza, la vida y la belleza en el rostro de la pobre muchacha e hizo que brillara con una sonrisa, que reviviera con una risa tan resplandeciente, chispeante? Mira a su alrededor, busca, intuye… Pero el instante pasa y quizá mañana mismo vea la misma mirada pensativa y distraída de antes, el mismo rostro pálido, la misma sumisión y timidez en los movimientos y puede que incluso arrepentimiento, incluso huellas de cierta melancolía opresiva y de enojo por la momentánea distracción… Y a usted le dará pena que esa belleza momentánea se haya marchitado tan rápida, tan irrevocablemente, que haya brillado frente a usted tan engañosa e inútilmente, le dará pena no haber tenido siquiera tiempo para quererla…