Pobre gente
Pobre gente Mi apreciable Varvara Aleksiéyevna: Sí; ahora que ya todo pasó y quedó conjurado, y de nuevo poco a poco vuelve el agua a su cauce, puedo ser sincero con usted, hija mía. Bueno; ¿conque le inquieta a usted lo que la gente piense y diga de mí? Pues me apresuro a manifestarle que en la oficina me muestran más aprecio que antes. Y después de contarle a usted mis calamidades y contratiempos, puedo comunicarle ahora que de todo eso no se ha enterado aún ninguno de mis jefes; así que todos ellos me siguen teniendo en la misma favorable opinión. Sólo una cosa temo: los chismorreos. Aquí, en casa, gritaba la patrona; pero como yo ya le he pagado, gracias a sus diez rublos de usted, parte de mi deuda, se limita ahora a gruñir por lo bajo. Y por lo que a los demás se refiere, no va peor la cosa: con no pedirles dinero, en todo lo demás son buena gente. Pero, para remate de mis explicaciones, diré a usted aún, hijita, que para mí su estimación vale más que todo el mundo, y que con no haberla perdido me consuelo en los apuros presentes. Gracias a Dios ya pasaron el primer golpe y los primeros sinsabores, y que usted es tan buena que se hace cargo de todo y no me tiene por un mal amigo y un hombre egoísta al haberme empeñado en retenerla aquí con nosotros y engañarla, pues yo la quería y no tenía valor para separarme de usted, ángel mío. Me he aplicado de nuevo con todo fervor a mi tarea, y me afano para reparar mi yerro cumpliendo fielmente mis deberes burocráticos. Yevstafii Ivánovich no dijo ayer palabra al pasar yo a su lado.