De Paris a Cadiz

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A usted que vive en París, Madame, y que al salir, a través de los vidrios de su coche, ve a ambos lados de su camino cafés con ricas pinturas, restaurantes con vitrinas exuberantes que despiertan su apetito, le asombrará, ¿verdad?, que haya países donde sea motivo de inquietud la manera en que se ha de cenar, y usted se dice: entren en un restaurante, o envíen a buscar un ave trufada, un paté de foie gras y una langosta en una tienda de comestibles; en último caso se cena con eso. ¡Dios mío!, sí, Madame, se cena con eso, e incluso muy bien; pero desgraciadamente los patés de foie gras vienen de Estrasburgo, las langostas vienen de Brest y las aves trufadas del Perigord. De estas diferentes distancias que tengo el honor de señalarle resulta que, cuando esos comestibles completamente franceses llegan a Madrid, se encuentran un tanto deteriorados, lo que hace que debamos abalanzarnos sobre otro modo de alimentación.

Era ese otro modo de alimentación el que debíamos buscar con urgencia. Después de dos o tres horas de investigaciones, he aquí el modo en que fueron arregladas nuestras comidas. En Madrid, el cocinero y la cocinera, salvo en las grandes casas, se encuentran reducidos al estado de mito. No se podía pensar en contratar a un cocinero o una cocinera. En Madrid, los que quieren comer, los extranjeros por supuesto, van al mercado, o envían allí a sus sirvientes; luego asan o fríen ellos mismos los objetos adquiridos para su consumo.


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