De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Felizmente, desde mi infancia soy cazador, usted lo sabe, Madame, y agregaré incluso que soy un cazador bastante diestro. A la edad de diez o doce años me escapaba a veces de la casa, iba a decir paterna…, ¡ay!, nunca tuve casa paterna, puesto que mi padre murió tres años después de mi nacimiento, de la casa materna entonces, para ir a hacerme el cazador furtivo en lo profundo de aquellos grandes bosques bajo cuya sombra nací. Durante uno, dos y hasta ocho días erraba de pueblo en pueblo, sin otro recurso que mi fusil, cambiando alguna liebre, algún conejo, alguna perdiz por vino o por pan; después con ese pan y ese vino comía otra porción de mi caza, la tercera porción estaba invariablemente destinada a mi madre y debía llevársela, como Hipólito llevaba la suya a los pies de Tesea para calmar su cólera. Esta semejanza de mi destino con el del hijo de Antíope puede haber causado perjuicios en mi educación intelectual, pero perfeccionó singularmente mi educación culinaria. De ello resulta, Madame, que, después de haber leído mis libros, muchos lectores discutieron su valor, pero jamás un sibarita discutió el valor de mis salsas después de haberlas probado.