De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Pues bien, ahora que mi breve prefacio está terminado, permítame exponerle en qué condiciones parto, con qué objetivo la dejo, y con qué intenciones regresaré probablemente. Existe en el mundo un hombre de una elevada inteligencia, cuyo espíritu resistió diez años de Academia, su urbanidad quince años de debates parlamentarios, su bonhomía cinco o seis cargos ministeriales. Este hombre político empezó siendo un hombre de letras y, cosa rara entre los políticos, se volvió celoso, por no hacer más que leyes, de aquellos que siguen haciendo libros. Cada vez que se le ofrece una de esas cosas que, en el árbol eterno del arte, hacen abrir una flor o madurar un fruto, él la toma con presteza, cediendo a su primer movimiento, al contrario de aquel otro hombre político que jamás cedía a su primer movimiento, ¿y sabe por qué? Porque ése era el bueno.
Pero un día, este hombre tuvo la idea de ver con sus propios ojos esa tierra ardiente de África fecundada por tanta sangre, inmortalizada por tantos intereses opuestos. Partió entre dos sesiones y, como este hombre me tiene cierta estima, al regresar, dado el impacto del espectáculo que acababa de ver, quiso que yo a mi vez viera lo que él había visto. ¿Por qué lo quiso?, le preguntará su banquero.