De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Queda por mencionar un punto más, Madame; rehuye usted toda publicidad y tiene razón; la publicidad de nuestros dÃas es, con frecuencia, la injuria. Para los hombres la injuria no es más que un accidente; la injuria entre hombres se replica y se venga. Pero la injuria para la mujer es más que un accidente; es una desgracia. Pues al tiempo que envilece a aquel que la emite, ensucia siempre a su destinataria. Cuanto más blanco es un vestido, más visible se hace en él la menor salpicadura.
He aquà pues lo que le propondré, Madame. En esa bella Italia que usted tanto ama, hay tres mujeres benditas que tres poetas celestiales hicieron célebres. Esas mujeres se llaman: Beatriz, Laura y Fiametta. Escoja uno de esos tres nombres, y no tema que por ello vaya yo a creerme Dante, Petrarca o Bocaccio. Puede usted tener una estrella en la frente como Beatriz, una aureola en torno a la cabeza como Laura o una llama en el seno como Fiametta: quédese tranquila, mi orgullo no ha de arder en ellas. Ese nombre bajo el cual yo debo escribirle, me lo hará saber, ¿verdad?, en su próxima carta. ¿Tengo alguna otra cosa de la misma especie para decirle? No, no lo creo.