De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Y le escribo a usted, Madame, porque es un espíritu a la vez grave y alegre, serio e infantil, correcto y caprichoso, fuerte y encantador; porque su posición en el mundo le permite, si no decir todo, escucharlo todo; porque todo, costumbres, literatura, política, artes, casi diría ciencias, le es familiar; y, finalmente, porque, acaso usted quiera que lo diga, o mejor, que se lo repita, pues creo habérselo dicho con frecuencia, finalmente, porque el elemento que más necesita esa inspiración que a veces se tiene a bien reconocerme es la charla, esa ingeniosa anfitriona de nuestros salones, que tan raramente se encuentra más allá de las fronteras de Francia, y porque escribirle será pura y simplemente conversar una vez más con usted. Es cierto que el público será un extraño en nuestra conversación; pero nuestra conversación no se verá afectada por ello. Siempre he notado que mi agudeza es mayor que la habitual cuando adivino a algún oyente indiscreto de pie y con la oreja pegada a la puerta.