De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Madrid, 11, por la mañana.
Por fin ha pasado, Madame, la terrible emoción que nos habían prometido para el primer combate de toros. Uno de nosotros palideció, el otro se descompuso, los cuatro restantes permanecieron firmes en sus butacas como esos viejos romanos que los galos vencedores tomaron por los dioses del Capitolio. Pero antes que nada vi a nuestro joven príncipe; estuvo encantador, como siempre, y encontró la manera de decir una palabra amable a cada uno de nosotros. Mis amigos se asombraron de que un príncipe tan joven tuviese ya esa cautivante flexibilidad de palabra que encuentra para cada quien lo que a cada quien hay que decirle. Es que nada otorga tanto discernimiento como la felicidad, y el duque de Montpensier me pareció ayer de tarde el príncipe más feliz del mundo.
