De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Un inmenso rumor de alegrÃa recorrió toda la plaza, veinte mil personas recobraban la respiración. Maquet estaba casi desmayado, Alexandre no valÃa más que él y pedÃa un vaso de agua. Se lo trajeron. Bebió algunas gotas y, devolviéndolo lleno hasta los tres cuartos, dijo:
—Lleven esto al Manzanares, le gustará.
En ese momento se oyó un gran rumor: las trompetas sonaron.
Perdón, Madame, pero hay dos horas inexorables: la hora del correo y la hora de la muerte. Una me apremia; suyo hasta la otra.