De Paris a Cadiz

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VIII

Madrid, 13 de octubre.

Si tengo buena memoria, Madame, hemos dejado al pobre Lucas Blanco, milagrosamente vivo todavía, saludando al público en medio del aplauso general. Hemos dejado al toro en lucha con el picador que acudió a salvarlo. Y por último dejamos las trompetas sonando y anunciando algún acontecimiento nuevo e imprevisto.

Este acontecimiento nuevo e imprevisto era la llegada de la reina madre. La reina madre, esa bella y encantadora mujer que usted ha visto en París y que parece la hermana mayor de su propia hija, es aficionada a las corridas de toros como podría serlo una simple marquesa; había conseguido escapar de los festejos del día, y acudía a brindarse una hora de ese febril espectáculo en el que ardíamos.

Apenas las trompetas hubieron anunciado su llegada, apenas hubo ella aparecido en la penumbra de su palco, como por arte de magia, todo el drama de la plaza se detuvo. Se dejó que el picador, su caballo y el toro se las arreglaran como pudieran, y toda la cuadrilla fue a formarse en fila de cara al toril.


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