De Paris a Cadiz

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—Si tiene que hacer alguna visita —me dijo—, aproveche esta corrida.

—¿Por qué?

—Porque el toro es malo.

—¿En qué lo nota?

—Lo veo.

Madame, me haría leer la fortuna por Rocca de Togores, y tenga cuidado si me predice que me amará usted un día; ese día ha de llegar, así hubiese usted jurado que no llegaría jamás.

El toro era malo. Como el primero, corrió tras los tres caballos, pero en cada acometida la lanza del picador bastó para detenerlo o, más bien, para alejarlo. Rechazado tres veces, siguió su camino mugiendo de dolor. Toda la plaza estalló en abucheos y silbidos.

Los espectadores de la plaza de toros, Madame, son los espectadores más imparciales que yo conozca. Silban o aplauden por igual, según sus méritos, a bestias y gentes, al hombre y al toro. Ninguna buena cornada, buen golpe de lanza o buen tiro de espada pasa desapercibido. Hemos visto a doce mil espectadores pedir, al unísono, clemencia para un toro que había destripado a nueve caballos y matado a un picador. El perdón fue concedido, y el toro, cosa casi inaudita, salió de la arena con vida.


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