De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz El nuestro no estaba destinado a ser salvado de tan gloriosa manera. Por mucho que los picadores lo aguijonearon, por mucho que los banderilleros le clavaron sus banderillas, nada pudo decidirlo al combate. Fue entonces cuando retumbó el grito: «¡Perros! ¡Perros!».[36] Cuando un toro no se decide a atacar, cuando no se cree presa del dolor, en suma, cuando no se conduce como un valiente toro, se pide ya sea perros, ya sea fuego.
Esta vez pedían perros. El alguacil interrogó con la mirada al palco de la reina, e hizo la señal de que eran consentidos los perros. Apenas este gesto fue realizado e interpretado, todo el mundo se alejó del toro. Se hubiese dicho que el animal tenía la peste. Se quedó inmóvil, solo, en el centro de la arena, mirando a su alrededor, como asombrado por el descanso que se le concedía. Sin duda, si algún compartimiento del sistema cerebral del toro está destinado a los recuerdos, éste se acordó de las salvajes praderas en las que había sido criado y creyó que iban a llevarlo de vuelta al pie de sus montañas rocosas y a los lindes de sus bosques sombríos.