De Paris a Cadiz

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Me trajeron el racimo. Como yo no conocía para nada al bull-dog y por ende no tenía ninguna familiaridad con él, le envolví la cola con mi pañuelo, y a través del pañuelo, le di una mordida seca. El pequinés se desprendió como una fruta madura, cayó al suelo y corrió hacia su ama, mientras que el bull-dog por su parte, retorciéndose de dolor, con los ojos sanguinarios y las fauces abiertas, intentaba aferrarse a alguna parte de mi persona.

Pero yo conocía mi oficio de separador de bull-dog. Mylord me lo había enseñado. Arrojé a mi animal a diez pies de mí y dije a viva voz:

—¡El Instituto!

—¡Oh, sí! —dijo una vieja mujer—, no es por milagro que este señor es tan sabio, es un académico.

Tres días después, Madame, la vieja marquesa, que había descubierto mi verdadera profesión y mi legítimo domicilio, me hacía ofrecer su corazón y su mano. Si la hubiese desposado, hoy sería viudo, y tendría ciento cincuenta mil francos de renta. Advertencia a los jóvenes casaderos.


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