De Paris a Cadiz

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¿Sabe usted, Madame, cómo se realiza esta operación y mediante qué procedimiento homeopático se fuerza a los bull-dogs a aflojar la mandíbula? Nada más sencillo: se les muerde la cola.

Un día, por poco fui llevado en andas. Pasaba en cabriolé por la calle Sainte-Anne. Mi cabriolé se detuvo a causa de una gran aglomeración. Una vieja marquesa se paseaba seguida de un pequinés y un sirviente, cuando de pronto un bull-dog de talla pequeña, pero con mandíbula de hierro, se abalanzó sobre el desafortunado pequinés y lo tomó por la parte carnosa del cuarto trasero. El pequinés aullaba, la marquesa gritaba, el sirviente lanzaba juramentos y, hay que decirlo, Madame, para vergüenza de los habitantes de la calle Sainte-Anne, el público reía.

Algunas almas más compasivas intentaban separar a los dos animales, pero sin ningún resultado, para desesperación de la marquesa. Decidí jugar el papel del dios antiguo, reemplazando la máquina por mi cabriolé. Me apoyé sobre la ventanilla abierta, adueñándome de la situación:

—Tráiganme a esos dos animales —dije.

—¡Oh, salve a mi perro, señor! —exclamó la marquesa con las manos juntas.

—Madame —respondí yo con modestia—, haré lo que pueda.


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