De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz De golpe, vencido por un dolor terrible, el toro lanzó un terrible mugido, después intentó escapar a ese dolor que lo perseguÃa, cada vez más intenso. Su cabeza erguida parecÃa la de un animal informe, pues los tres perros no habÃan soltado presa, asà como el cuarto, y sus extrañas excrecencias parecÃan formar uno solo con él. Dos veces dió de ese modo la vuelta a la arena, luego intentó apartarse a derecha e izquierda, coceó, rodó, saltó; todo fue inútil: las inflexibles mandÃbulas permanecieron apretadas, y el toro se detuvo, vencido, la cabeza gacha, la delantera del cuerpo inclinada sobre sus dos rodillas.
La gente gritó «¡Bravo perros!» como habÃa gritado «¡Bravo toro!» como habÃa gritado «¡Bravo Cuchares!». Uno de los chulos se adelantó con una espada; un toro entregado a los perros no es digno de la espada del matador[37] ni de la herida entre las paletillas. Son los toros bravos los que son golpeados de frente, son los que intentan matar los que se matan; a los otros se los asesina de lado, se los apuñala por detrás.
El chulo avanzó hacia el toro y le hundió tres veces su espada en el flanco antes de que cayera. La tercera vez, tocó el corazón, y el toro se tendió. Llegó entonces el momento de que el cachetero cumpliera su deber. Se acercó al toro y lo hizo. Fue necesario que los amos viniesen a separar a sus perros del animal muerto. TodavÃa lo aferraban.