De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Este espectáculo no era nuevo para mÃ, aunque uno de los actores no fuera el mismo. A menudo, en nuestros bellos bosques de Compiègne, de Villers-Cotterêts o de Orleans, he visto al jabalà arrinconado contra alguna roca o tronco de árbol, enfrentando a toda una jaurÃa que cubrÃa la tierra a diez pasos a la redonda, como una alfombra abigarrada y movediza. De tanto en tanto, uno de esos intrépidos combatientes, impulsado por el hocico terrible, saltaba, lanzado a diez o doce pies de altura y, después de haber dado dos o tres vueltas sobre sà mismo en el espacio, caÃa sangrante, destripado, arrastrando las entrañas.
Lo mismo sucedÃa en el presente combate; un perro fue arrojado a la plaza entre los espectadores; otro, lanzado casi perpendicularmente, cayó sobre la barrera y se destrozó los riñones al caer. Los otros fueron pisoteados por el toro, pero se irguieron de nuevo. Dos lo tomaron por las orejas; otro, que era el más chico, lo tomó por el hocico; el cuarto lo rodeó.