De Paris a Cadiz

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Son las tres de la mañana, Madame, en dos horas parto de Madrid tal vez para nunca regresar. Compadézcame, Madame; dejo aquí doce de los días más felices de mi vida, y usted que me conoce sabe que mis días felices son escasos. Así pues, adiós a Madrid, la ciudad hospitalaria; adiós a las francas amistades nacidas ayer, y que sin embargo serán eternas; adiós a esos ojos de terciopelo que hicieron a Byron infiel a las beldades inglesas; adiós a esas lindas manos que manejan el abanico ágil y estridente; adiós a esos pies: los más vulgares calzarían la pantufla de Cenicienta o, incluso, Madame, una pantufla más pequeña aún y que sólo yo conozco. Cuando digo sólo yo me equivoco, Madame, pues sabe que para usted no tengo secretos.

A propósito, anteayer cuando iba a despedirme de él, el señor duque de Montpensier tuvo la bondad de anunciarme que, a su pedido, Su Majestad la reina de España acababa de nombrarme comendador de Carlos III; y al regresar, hace dos horas, encontré la cruz y la placa de Ossuna, que me rogaba la aceptase en recuerdo suyo. Ya ve, Madame, que no me equivoco en sentir nostalgia de Madrid.




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