De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Aquélla también era una cena real, Madame. Strauss, que era uno de nuestros comensales, nos habÃa preparado una sorpresa. A los postres, entró toda su orquesta, esa maravillosa orquesta que desde ocho dÃas atrás hacÃa bailar a reinas y reyes, como simples pastores y pastoras; y hasta medianoche estalló en valses, contradanzas y fanfarrias, como sólo saben componerlas y ejecutarlas los alemanes.
Nos despedimos a la medianoche: en cinco horas se habÃan fumado quinientos francos en cigarros. No hace falta decir que, perfumado como estaba por la emanación del habano, no tenÃa nada que ver con esa consumición. No sé lo que me aguarda a mi regreso a Francia, Madame, ni en cuáles luchas desconocidas he de comprometerme, ignoro qué nueva hidra de siete cabezas se alzará esta vez contra mÃ, pero lo que sé es que regresaré a Francia con un corazón tan lleno de agradecimiento por lo pasado, que desbordará de desdén por todo insulto por venir.