De Paris a Cadiz

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Después de diez minutos de peregrinaciones a través de calles fabulosas, después de haber recorrido medio kilómetro de precipicios bordeados de casas que me pareció que debían ser maravillosas de verse de día, mi mensajero se detuvo frente a una casa de apariencia modesta, diciendo: «Es aquí».

Entré. Una vez traspuesto aquel umbral, nadie tuvo necesidad de guiarme. Usted conoce a mis amigos, Madame; ninguno de ellos se hace el Hamlet, el Fausto o el Antony. Han enriquecido la gama de la risa con una octava desconocida. Recorrían esa gama en toda su extensión cuando abrí la puerta; el dueño y la dueña de casa servían en persona.

—¡Mira, aquí está papá! —exclamó Alexandre.

—El amo —dijeron los demás. La colonia se puso de pie y me saludó respetuosamente.

Rara vez maldigo, bebo poco, y no fumo. De ello resulta que cuando hago una de esas tres cosas prohibidas por los mandamientos de Dios y la Iglesia, lo hago con exageración. Había amasado una dosis incalculable de bilis desde hacía tres horas, de suerte que dejé escapar una maldición que hubiese hecho brincar de alegría el corazón de un alemán. Giraud se volvió hacia la colonia.

—Yo les había advertido —dijo— que el señor se enojaría.


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