De Paris a Cadiz

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Descendimos a las ocho donde paraba el coche, es decir, en la posada del Lino. Habíamos partido, mis compañeros a las cuatro de la mañana y yo a las cinco. Nos faltaban, siempre dentro de nuestro cálculo erróneo, doce leguas por recorrer. Así que hacia las dos o tres de la tarde, como mucho, deberíamos estar en Toledo. A las dos o tres de la tarde, en todos los países del mundo excepto en Laponia, es de día, y cuando es de día, en una ciudad de España sobre todo, siempre es fácil encontrarse. Por lo tanto no nos habíamos dado cita alguna.

Pero he aquí que en lugar de eso, estábamos llegando a las ocho de la noche. Era pues urgente encontrarse esa misma noche. De manera que envié a todos los mozos de la posada del Lino en busca de la colonia, contando con que la colonia por su parte enviaría en mi busca a todos los mozos de la posada en la que hubiese bajado. A las once tuve noticias; la colonia cenaba en la fonda[53] de los Caballeros. Mi mensajero había creído notar, incluso, que la colonia estaba muy preocupada por mí. Tomé mi abrigo; en España, Madame, siempre se lleva el abrigo, e hice andar a mi mensajero delante de mí.




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