De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Usted pregunta: ¿Es aquello Toledo, Aranjuez, Burgos, Granada o Sevilla? No, le dicen, pero cuando nos encontremos allí ya estaremos cerca. Resulta que después de haber partido como nosotros a las cinco de la mañana, usted hará lo mismo que nosotros hicimos: llegará a las ocho de la noche. En los caminos bellos y con grandes plantaciones, la velocidad la consuela un poco. Es verdad que ese consuelo se contrapesa con el riesgo de volcar; ¡pero qué importa que volquemos, con tal de llegar!
Al llegar, Toledo nos cautiva por su aspecto tal vez más impactante aun de noche que de día. Es cierto que Dios nos había concedido, para consolarnos de las fatigas de la jornada, una de esas noches tibias y transparentes como solamente brinda a los países que favorece con su amor. Y en la claridad misteriosa y calma de esa noche, percibíamos una puerta inmensa, una ruta escarpada que bordea una montaña; en lo alto de esa montaña, las crestas dentadas de las casas y las flechas agudas de los campanarios se elevan al cielo, mientras que en las profundidades que ceñían la montaña, oíamos saltar y gritar, sobre un lecho de piedras, a ese Tajo que habíamos visto correr tan tranquilo por la llanura y que, forzado a realizar un rodeo, se queja y refunfuña igual que el viajero a quien un obstáculo inesperado viene a alargarle repentinamente el camino.