De Paris a Cadiz

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—Tres horas —dijo.

—¡Pues bien!, te doy cuatro; pero si en cuatro horas no estamos en Aranjuez —le apoyé la mano sobre el hombro, y la dejé pesar con cierta fuerza—, tendrás que vértelas conmigo.

—Está bien, señor —murmuró el mayoral.

Me volví hacia Desbarolles y Giraud.

—Señores —les dije—, por última vez, veamos, ¿están completamente seguros de que no hay manera de permanecer aquí?

—Mi querido —me respondió Desbarolles—, ¿conoce aquella sentencia de Sylla?; es la divisa de los posaderos españoles:

Puedo cambiar a veces mis propósitos; mis decisiones

Son como las del destino, no cambian jamás.[59]

—Perdón —dijo Alexandre—, lo que debería decir es: no riman jamás.

Alexandre es esclavo de la rima, todo lo contrario de monsieur de Voltaire, Madame, por quien, debo decirlo, no tiene toda la veneración que yo desearía ver en él.

—¡En marcha, señores, en marcha! —insistió el mayoral.

—¡Eh!, ¡qué diablos! que nos den al menos un vaso de vino; no van a decir que no tienen vino; hemos visto tres o cuatro odres llenos.


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