De Paris a Cadiz

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—¡Oh!, un vaso de vino, es otra cosa —dijo el mayoral en el tono de un hombre que piensa que es el último pedido indiscreto que nos hemos de permitir.

Y regresando a la venta, de la que habíamos salido ya, reapareció al cabo de un instante trayendo un odre en una mano y un vaso en la otra. «¡Por la hospitalidad española!», dije levantando mi vaso y bebiendo primero. Mis siete compañeros repitieron sucesivamente ese brindis. Noté incluso que don Riego ponía en él más amargura que los otros. Desde que formaba parte de nuestra compañía, se había dado en los hábitos del digno sacerdote una mejora que lo había afrancesado un poco.

—¡Vamos, señores —insistió el mayoral, en marcha, en marcha!

Boulanger echó una última ojeada a la casa en la cual, para gran pesar suyo, abandonaba tantos bocetos, y subió al coche donde ya lo precedía don Riego. Don Riego apreciaba mucho su comodidad, y pensaba naturalmente que al tomar el primer lugar, tendría una mejor ubicación. Giraud siguió a Boulanger, Desbarolles siguió a Giraud y Maquet a Desbarolles. Maquet representaba entre nosotros la abnegación, don Riego el egoísmo.


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