De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —Señores —dije—, tiene que haber pasado algo. No hemos notado ningún otro accidente del terreno aparte del pequeño montÃculo que pasamos hace unos tres cuartos de hora; sin embargo, hace tres cuartos de hora que no se ve luz alguna. Creo que serÃa sensato detenernos.
Nos detuvimos obligando a las mulas a dar una pirueta.
La luna era de una maravillosa serenidad; no se oÃa ruido alguno en aquella inmensa landa, a no ser el ladrido lejano de un perro que velaba en alguna granja aislada. Las mulas agitaban sus orejas con inquietud, y parecÃan oÃr alguna cosa que nosotros no podÃamos oÃr. De pronto un estremecimiento imperceptible pasó junto con el viento. Era como el vago eco de una voz humana perdida en el espacio.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Aunque no habÃan podido distinguir nada definido, Alexandre y Achard habÃan percibido algo asà como un sonido. Permanecimos inmóviles y silenciosos como se está mientras se espera un acontecimiento inesperado. Pasaron algunos segundos, luego el mismo estremecimiento llegó hasta nosotros, pero esta vez más distinto y más perceptible. Era como un grito de socorro. Redoblamos la atención. Finalmente oÃmos distintamente mi nombre pronunciado por una voz que se acercaba más y más.