De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz De tiempo en tiempo nuestras mulas se desviaban de su camino para dejar a derecha o izquierda un precipicio a ras del suelo, una grieta imprevista, que había quedado abierta después de algún temblor de tierra olvidado. De tiempo en tiempo también, nos volvíamos y veíamos a trescientos pasos, a cuatrocientos pasos, a quinientos pasos detrás de nosotros, pues andábamos más rápido que el coche, temblar como un fuego fatuo su luz demorada por la arena, en la que hundía hasta un tercio de sus ruedas. Superamos una pequeña colina y perdimos de vista el coche. Continuamos nuestro camino.
Al cabo de una media hora de marcha, la mula de Alexandre hizo un brusco movimiento hacia la derecha. Una fisura, continuación de un precipicio, había mordido la ruta y la cortaba más o menos en un tercio. No prestamos mayor atención a esa fisura y seguimos nuestro camino. Anduvimos otros tres cuartos de hora, siempre riendo, conversando y sin pensar en la tragedia, de la que afortunadamente escaparíamos. Sin embargo, yo me había vuelto cinco o seis veces, extrañado de no ver la famosa linterna incrustada como el ojo de un cíclope en la frente de nuestro coche. Por fin me detuve.