De Paris a Cadiz

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El mismo grito se hizo oír una vez más, entrecortado, jadeante, y como lanzado por una voz extenuada. Un escalofrío nos embargó el corazón. Intentamos responder una segunda vez, pero comprendimos que luchábamos contra el viento. La misma voz seguía llamando con el mismo acento de queja y de fatiga; pero esa voz se acercaba sensiblemente, era evidente que la persona que gritaba venía al mismo tiempo hacia nosotros a toda carrera.

Había algo pavoroso en ese grito que se renovaba cada diez segundos con la misma entonación. Apuramos a nuestras mulas.

—Es la voz de Giraud —dijo Achard. La voz se acercaba sensiblemente. Sabíamos a Giraud difícil de conmover; y forzados a reconocer que efectivamente era él quien nos enviaba aquel llamado de auxilio, engendramos una inquietud mayor que si se hubiese tratado de otro.

Corrimos unos diez minutos más; por fin, a través de la oscuridad transparente de esa bella noche, comenzamos a distinguir, sobre el tono claro de la ruta, una sombra que venía hacia nosotros. Esa sombra, como el divino Mercurio, parecía tener alas en los talones. Pronto reconocimos la silueta de Giraud, así como habíamos reconocido su voz.

—¿Qué sucede? —gritamos los tres al mismo tiempo.

—¡Ah, son ustedes! —gritó Giraud con gran esfuerzo—; ¡ah, son ustedes, por fin!


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