De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Y llegó hasta nosotros, jadeante, agotado, a punto de derrumbarse de cansancio, apoyando, para sostenerse, una de sus manos sobre el hombro de Achard, y la otra sobre el cuello de mi mula.
—¿Qué sucede? —repetimos. Pero nuestro pobre amigo habÃa hecho tal esfuerzo para alcanzarnos, que ya no podÃa hablar. Finalmente, al cabo de un instante, dijo:
—Sucede que el coche ha volcado.
—¿Dónde?
—En un precipicio.
—¡Dios mÃo!, ¿nadie herido, espero?
—No, por milagro.
Un movimiento de egoÃsmo pasó por mi corazón: miré a mi alrededor para ver si Alexandre estaba allÃ.
—¿Es eso todo? —pregunté; porque otro pensamiento se presentó súbitamente en mi mente.
—Justamente —respondió Giraud—, temo que eso no sea todo; por eso corrà tras ustedes.
—Entonces, monta en mi mula y yo iré a pie —dijo Alexandre.
—De ningún modo, me enfriarÃa.
—¡En marcha, en marcha! —dije.