De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Y emprendimos la carrera, volviendo sobre nuestros pasos con toda la rapidez de que Carbonara y Capitana eran capaces. Durante todo ese regreso, intenté hacer hablar a Giraud; pero a todas mis preguntas, se contentaba con responder: «Ya verás, ya verás». El ya verás no era nada tranquilizador, era evidente que Giraud buscaba moderar su efecto.
Anduvimos alrededor de media hora; no podÃamos entender que hubiésemos hecho tanto camino. Por fin vimos, al llegar a lo alto del pequeño montÃculo que ya mencioné, una luz que se agitaba a doscientos pasos de nosotros, y alrededor de esa luz, sombras que también se agitaban, de un modo bien distinto a la luz que los alumbraba. Imprimimos un último impulso a nuestras mulas, y llegamos al escenario del accidente.
—¡Ah, son ustedes! —exclamaron nuestros amigos—. ¡Por Dios!, ¡de una buena hemos escapado!
Eché una rápida ojeada a mi alrededor.
—¿Y Desbarolles, y Boulanger, dónde están? —exclamé. Ambos sacaron la cabeza por la portezuela del coche.