De Paris a Cadiz

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—¡Aquí estamos, aquí estamos! —dijeron. Se ocupaban del salvamento de los efectos personales. Maquet recibía estos efectos con sus manos y los depositaba en tierra. El zagal y el mayoral desengachaban las mulas retenidas aún por el tiro. Don Riego estaba sentado en el borde de la zanja, y se quejaba de tener un número indefinido de costillas hundidas.

—Ahora —dijo Giraud—, contempla el paisaje.

Y me condujo al borde del precipicio. Di un paso atrás, un sudor frío me pasó por la frente.

—¡Oh, sí, milagro! —respondí.

Habían volcado en aquella grieta que la mula de Alexandre nos había señalado al apartarse. Una roca que salía de la tierra, como un solo y único diente que quedara en una mandíbula gigantesca, los había retenido. La imperial del coche, completamente dado vuelta, pesaba sobre la roca. Sin ella habrían caído todos en un abismo de cien pies de profundidad.

Achard y Alexandre, por su parte, se habían acercado al precipicio, y se apoderó de ellos el mismo vértigo que yo había experimentado.

—¿Pero —pregunté volviéndome hacia Maquet— cómo sucedió todo esto?

—Pregunte a Giraud; yo no puedo decir cuatro palabras seguidas, me ahogo.

—¡Y cuando pienso que fui yo quien lo dejó de ese modo! —dijo Giraud.


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