De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Aranjuez, 25 de octubre.
Nos dejó usted mientras nos despedíamos de nuestros solícitos vecinos, Madame, y los seguíamos con la mirada tras el repliegue del terreno donde no tardaron en desaparecer. Desbarolles y su carabina fueron apostados de guardia a medio camino entre nosotros y ellos. Luego nos ocupamos de los preparativos de la partida.
El equipaje formaba en mitad de la ruta un montículo de cajas, de maletas, de portatrajes y sacos de dormir, que coronaba orgullosamente la cesta de las provisiones, salvada gracias a los cuidados de Giraud. Buscamos a don Riego, pero fue inútil. Puesto que el buen hombre estaba en su país, cómo no iba a tener derecho a perderse, no nos preocupamos mayormente por él, seguros de que en algún momento volvería a encontrar el camino.
El mayoral nos hizo observar que sus cuatro mulas y los esfuerzos reunidos de sus siete camaradas no serían excesivos para sacar al coche de la posición en la que se encontraba. No había nada que discutir al respecto, estaba claro como la luz del día: dado que no habíamos matado al mayoral en el acto, había que rendirse ante sus buenas razones. Le dejamos sus cuatro mulas. Cargamos sobre una de las mulas ensilladas los efectos de la sociedad, y dejamos la otra a disposición general.
