De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Bayona, 5 de octubre de 1846.
Le he hablado tanto de mí en mi última carta, que apenas si concedí en ella un pequeño espacio a mis compañeros. Déjeme decirle dos palabras sobre ellos. Giraud se los hará conocer bajo el aspecto físico, yo me ocuparé del lado moral.
Louis Boulanger es ese pintor soñador que usted conoce, siempre accesible a lo bello, cualquiera sea la apariencia bajo la cual se presente, que admira casi por igual la forma en Rafael, el color en Rubens, la fantasía en Goya. Toda cosa grande es grande para él y, al contrario de esos pobres espíritus cuya obra estéril consiste en desvalorizar sin descanso, él se deja atrapar sin resistencia, se inclina ante la obra de los hombres, cae de rodillas ante la obra de Dios, admira o reza. Como hombre de estudios, educado en su atelier, que pasó su vida rindiendo culto al arte, no tiene ninguna de las violentas costumbres que son necesarias a un viajero. Jamás ha montado a caballo, jamás ha tocado un arma de fuego; y sin embargo, si en el curso de este viaje se presenta la ocasión, de ello estoy seguro, Madame, ya lo verá usted montar la silla a horcajadas a la manera de un picador,[2] o tirar con fusil como un escopetero.[3]
