De Paris a Cadiz

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Caminamos diez minutos, y nos encontramos en la ribera de un arroyo que brillaba al rayo de luna como una cinta de gasa plateada. Alrededor del arroyo pastaba una manada de vacas; cada animal llevaba un cencerro en el cuello y lo hacía sonar. Entre todos esos misteriosos sonidos que componen el lenguaje de la noche, el tintineo de los cencerros es uno de los más bellos. El cuadro era de lo más campestre, pero no correspondía a lo que se nos había prometido. Pedíamos una ciudad, y se nos daba una cascada y un rebaño. Reclamamos la ciudad.

—La primera puerta que encontrarán —nos dijo Desbarolles—, será la de Aranjuez.

—Sí, ¿pero cuánto hay de la puerta a la ciudad?

—Apenas un cuarto de legua.

Por un momento se debatió seriamente, entre Maquet, Achard y Alexandre, si había que estrangular a Desbarolles; pero Desbarolles, comprendiendo el peligro, juró que esta vez se trataba de la verdad verdadera.

Al cabo de un cuarto de hora llegamos a la puerta; al cabo de diez minutos a la ciudad. Daban las cinco cuando atravesábamos una serie de arcadas que decoran su entrada. Ya era hora: la desesperación comenzaba a apoderarse de nosotros. Hacía siete horas que caminábamos, y no habíamos tomado nada desde las dos del día anterior, salvo por unas pocas gotas de agua en la cascada de Desbarolles.


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