De Paris a Cadiz

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El corregidor meneó la cabeza en signo de duda, y nos respondió que en quince leguas a la redonda sólo conocía a los siete ladrones del duque de Ossuna, y que no podía tratarse de ellos, dado que el día anterior habían interceptado una silla de posta en los bosques de la Alamina. Por lo demás, prometió informarse. Dos horas después, recibimos una carta del señor corregidor; se había informado, y nos anunciaba que las personas que nos habían atemorizado, lejos de ser bandidos, eran guardias de Su Majestad la reina. Respondí al señor corregidor que era una suerte para las personas en cuestión que no nos hubiesen atemorizado, pues si nos hubiesen atemorizado habrían podido pasarlo bastante mal.

Agregué que invitaba a los señores guardias de la reina, si una ocasión semejante volvía a presentarse, a no venir así, sin previo aviso, a arrojarse a las diez de la noche sobre una caravana francesa, dado que, yo no diría cualquiera de estos días, sino cualquiera de estas noches, la cosa podría volverse en su contra. Estaba terminando de redactar esa carta en castellano a la manera de Desbarolles, cuando oímos un gran rumor; pegamos la nariz a la ventana, y vimos a nuestro mayoral arrastrando los vestigios del coche. Toda la población de Aranjuez acompañaba esos miserables restos.


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