De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz En cuanto a Maquet, mi amigo y colaborador, usted lo conoce menos porque Maquet, después de mí, Madame, es tal vez el hombre que más trabaja en el mundo, sale poco, se muestra poco, habla poco: es al mismo tiempo un espíritu severo y pintoresco, en quien el estudio de las lenguas antiguas ha añadido ciencia sin perjudicar su originalidad. La voluntad en Maquet es suprema; después de haberse abierto paso en un primer estallido, todos los movimientos instintivos de su persona retornan a la prisión de su corazón, casi avergonzados por aquello que él considera una debilidad indigna del hombre, como esos pobres niños a quienes el maestro sorprende haciendo la rabona y hace regresar a clase despiadadamente, disciplinas en mano. Este estoicismo le da una especie de rigidez moral y física que, junto a ciertas ideas exageradas de lealtad, constituyen los dos únicos defectos que le conozco. Por lo demás, ningún ejercicio del cuerpo le es ajeno, y es apto para todas esas cosas para las cuales se necesita perseverancia, coraje y sangre fría.